
La ansiedad, un término que repetimos constantemente, y que, sin embargo, cuesta entender, ya que se confunde, en muchas ocasiones, con otros parecidos.
Todos los que la han padecido, lo saben, y son la mayoría, ya que se calcula que más del 80% de la población, la ha padecido o la padecerá alguna vez en la vida.
La ansiedad es una respuesta psicofisiológica natural generalmente adaptativa que nos prepara para actuar y reaccionar en situaciones potencialmente peligrosas.
Cuando se vuelve desproporcionada o “patológica” se manifiesta con trece síntomas principales, a los que llamamos “Los trece de la ansiedad” y son los siguientes: dificultad para respirar, taquicardia o palpitaciones, asfixia, malestar estomacal o náuseas, dolor de pecho, sudoración, escalofríos o sofocos, miedo a morir, mareo o vértigo, temblores, hormigueos, despersonalización o desrealización y miedo a volverse loco o a perder el control.
Cuando visualizamos la lista, pensamos en que menuda respuesta más completa, pero una respuesta ¿a qué?
Pues desde la terapia breve estratégica decimos que la ansiedad es la respuesta psicofisiológica al miedo.
Y visto de ese modo, es más fácil de entender, porque cuando mi cerebro detecta que hay o puede haber una amenaza a la que hacer frente, se prepara anticipadamente para dar dos respuestas principales, huir o luchar (fight or fly) y para ello necesita hacer todo eso que aparece en la lista de arriba: respiramos rápidamente para poder oxigenarnos más, y cómo ese oxígeno tiene que llegar a nuestros músculos,(¡Qué vamos a tener que correr!), nuestro corazón, empieza a bombear más rápido para que llegue a toda velocidad y claro, eso genera calor, por lo que empezamos a sudar para regular la temperatura. Y hasta aquí, todo claro. Nos estamos preparando para la acción.
El problema llega cuando en realidad no hay tal amenaza, o al menos no es una amenaza de la que vayamos a poder librarnos corriendo.
Pero claro, nuestro cerebro es generalista, es decir, que mejor prepararme y que sobre, que morir.
Y es entonces cuando nuestro cerebro racional empieza a pensar, pero ¿qué está pasando aquí?, ¡Si no pasa nada! E intenta controlar las reacciones que ha provocado nuestro cerebro emocional.
¿Pero creéis que lo consigue? No, claro que no.
Porque es como intentar parar una flecha una vez que ya se ha lanzado, cómo decía Napoleón: “Nunca hay que intentar parar lo que no se tiene el poder de controlar.”
Y cuando nuestro cerebro detecta que no las puede parar, ¿se asusta más o menos?
Efectivamente, más.
Y si me asusto de mi propia reacción, incremento el miedo, lo que a su vez incrementa la respuesta o lo que es lo mismo, la ansiedad.
Y he aquí lo que llamamos paradoja psicofisiológica, que se da entre nuestro cerebro emocional y racional, y que es la que retroalimenta al miedo y nos puede llevar al pánico. Porque sí, cuando hay un conflicto entre nuestro cerebro emocional, o paleo encéfalo, y nuestro cerebro racional, o neocórtex, el que gana es el emocional. Por algo será.
Lo más interesante es siempre tratar de descubrir qué miedo hay detrás de esa reacción desproporcionada, qué es lo que ha desencadenado “la temida respuesta”.
Decía Alessandro Bartoletti que el miedo es la emoción humana más útil: siempre está ahí para susurrarnos, ¡cuidado!, recordándonos constantemente lo mortales que somos.
¿Os imagináis no tener miedo e ir caminando hacia un precipicio?, ¿Cómo creéis que terminarías?
Porque nuestras emociones, están ahí para garantizar nuestra supervivencia y aunque la mayoría tienen muy mala fama, nos son absolutamente necesarias. Lo único importante para que no nos “amarguen” la vida, es aprender a gestionarlas adecuadamente.
#ansiedad #miedo #miedoaperderelcontrol #miedoavolvermeloco